viernes, 4 de mayo de 2018

Kingsaw, Emerit
1947

Pocas veces las noches eran tan claras últimamente, tan transparentes, como un gigantesco tapiz lleno de estrellas. La contaminación lumínica parecía afectar menos al campo de visión general con respecto a la cúpula celeste, o al menos esa era la sensación que Rose tenía mientras que a través de la ventana del coche, dejaba su mente volar entre sus preocupaciones y deseos propios -Estás muy callada- comentó de pronto la cálida voz de su esposo, conduciendo el vehículo. Ethan Hoper, Oficial del ejército de los GGE -Gobiernos Generales de Emerit- sonreía con cara de bobo mientras trataba de no apartar demasiado la vista de la carretera. Fue en la llegada a un semáforo en rojo cuando aprovechó para poder mirarla -¿Qué te ocurre, Ros?- preguntó cariñosamente, permitiéndose dejar de forma lánguida una mano sobre el muslo de la chica. Estaba preciosa aquella noche. Solía estarlo de costumbre, pero en especial aquella noche. Ethan se preguntó si tal vez era la pequeña ilusión que le creaban sus ojos, sabiendo que era la última noche que pasaría junto a ella durante bastante, bastante tiempo
-Me preguntas qué me ocurre como si no fueses capaz de adivinarlo- suspiró la chica, dejando de mirar por la ventana para mirar a su esposo -No me lo hagas más difícil, Ethan-
-¿Difícil?- el hombre suspiró -Por favor, es lo último que quiero. Sé que estás disgustada, pero no hay nada que pueda hacer al respecto-
-Disgustada no es la palabra- un escalofrío recorrió la espalda de Rose con sólo pensar en el día siguiente, cuando Ethan tuviese que subir al dichoso tren -Asustada, Ethan. Estoy asustada. Vas a la guerra y no a cualquiera. No van a enviarte a una escarabuza contra un señor de la guerra cualquiera-
-Escaramuza- rió Ethan
-¿Qué?- Rose le miró confusa
-Has dicho escarabuza. Es escaramuza-
-Siento estar nerviosa esta noche- frunció el ceño, cosa que hizo que Ethan se riera aún más -¿Qué? ¿De qué te ríes si se puede saber?- la chica se cruzó de brazos, comenzando a perder la paciencia
-Sabes que siempre te he dicho que me resultas adorable cuando te enfadas- el semáforo cambió a verde y Ethan pisó el acelerador. Ya estaban a punto de llegar a la torre Asmody, donde se celebraba una gran fiesta de despedida a los héroes que iban a combatir
-No trato de ser adorable- bufó la chica
-Malas noticias, cielo. Lo eres- a partir de ese punto, hasta llegar a la torre, el coche fue una tumba silenciosa.

Cuando aparcaron el vehículo y bajaron del mismo, ambos tuvieron la misma reacción: comenzaron a alzar la vista, acariciando con sus ojos la monumental escultura que era la torre Asmody. Se trataba de un edificio altísimo, quizá el más alto de toda Kingsaw. Toda su fachada parecía estar constituida por un sin fin de cristaleras que hacían a su vez de paredes, iluminada por doquier desde dentro hacia afuera. Allí en la entrada aguardaba un par de botones, como si se tratase de un hotel de lujo, que en parte lo era en según qué plantas. Además, tampoco eran los únicos en llegar. Desde distintos puntos de la calle llegaban más y más personas, algunas caminando y otros recién aparcando los coches o incluso limusinas -Mi padre debe estar dentro- calculó la chica, mirando al resto de invitados que iban llegando
-Entonces no le hagamos esperar- Ethan se acicaló su elegante traje militar de color verde oscuro con botones dorados y una condecoración  a la altura del corazón. La medalla al Valor, por salvar la vida de unos compañeros en un conflicto hacía más de 10 años, cuando apenas era un muchacho

Una vez cruzaron el umbral que daba paso al hall de recepción, todo el ambiente nocturno cambió de ipso facto. Las calles de Kingsaw eran mayormente silenciosas al caer la noche, salvo en ciertos lugares con locales destinados al ocio nocturno. La guerra en la que estaba sumida el mundo entero no dejaba lugar para bajar la guardia y siempre debían estar preparados para que, en caso de que sonasen las sirenas, todo el mundo pudiese correr hacia los refugios subterraneos.

Sin embargo, allí en la torre Asmody el ambiente era de fiesta y jolgorio. La zona principal estaba prácticamente en la última planta, en lo más alto de la torre, pero ya en el hall de entrada había música, comida y bebida. Una pequeña banda tocaba una alegre música de swing que invitaba a mover los pies y dejarse llevar por su melodía, pero en el caso de la pareja, ninguno estaba de un preciso humor para echarse a bailar en el hall. Además, el Ministro de Defensa de los GGE los esperaba.

La torre Asmody contaba con un gran número de ascensores producidos con la más puntera tecnología, de forma que eran silenciosos, rápidos e imperceptibles al movimiento. Apenas les costó unos segundos a los recién llegados alcanzar la última planta, que reveló casi al instante lo enorme que era Kingsaw sin apenas tener que acercarse a los ventanales. Con sólo salir del ascensor ya se divisiaban las lejanas luces en el cielo de los zepelines que patrullaban los oscuros cielos de los GGE en busca de problemas que divisar. Eran titánicos, colosales y, a diferencia de los modelos Bellum, muy alargados. Rose sintió un gran pavor mientras caminaba rodeada por el brazo de su marido hacia un extremo de la sala para poder contemplar el panorama que tenían a sus pies: la inmensa ciudad bañada de luces y esos monstruos en el cielo, con sus gigantes haces de luz, como ojos relamagueantes buscando alguien a quien juzgar con una inmensa ristra de cañones que llevaban en la arte baja y superior de los globos -¿Es temblor eso que noto?- preguntó afable Ethan -¿Te dan miedo las alturas?-
-Las alturas no son lo que pueden estropearse, virar hacia aquí y rociarnos con un poco de amor bélico, querido- dijo sarcástica, sin quitar la vista de los zepelines
-Siempre tan positiva- se burló Ethan -Eso es lo que me enamoró de ti- le plasmó un suave beso en la cabeza que hizo que la chica la apoyara sobre el hombro de su marido
-¿Interrumpo algo?- una voz familiar se aproximó por sus espaldas
-Señor Miller, encantado de verle- sonrió efusivo Ethan estrechándole la mano al padre de su esposa
-Ya te dije, hijo, que no me llames señor a menos que estemos en un comité oficial o en pleno trabajo. Esto es una fiesta de despedida para los próximos héroes de la nación- le palmeó el brazo un par de veces, sintiendo la dureza de los músculos de su yerno -Hola hija mía. Estás guapísima esta noche- agregó Jefferson Miller, dándole un cálido abrazo y un beso en la mejilla a la chica
-Gracias papá- la joven sonrió, aceptando la calidez de su amable padre, manteniendo la fachada de que estaba feliz y orgullosa por su esposo cuando realmente temía su futuro. Héroes, había dicho su padre. Rose sabía que, por lo general, los héroes son los que no suelen regresar de la batalla
-Comed y bebed algo, que apenas empieza la fiesta en cuanto vayan llegando los demás. Divertíos, por favor- pidió con amabilidad antes de darse media vuelta para marchar a saludar a otros recién llegados. La noche iba a ser más larga de lo que parecía.

De hecho, lo estaba siendo. Pasaron unas horas y toda la grandísima reunión de personas era básicamente un nuevo trámite político. Pocos o ningún soldado presente que fuese a la guerra tenía un rango menor que Ethan. De hecho, Ethan, como oficial, era el rango más pequeño en toda la fiesta. Allá donde mirasen los ojos de la chica o del muchacho, todo eran sargentos, generales, tenientes y capitanes. La máxima autoridad era Jefferson, que era el Ministro de Defensa -Al parecer, mis hermanos de armas no tienen cabida en este lugar ¿eh?- preguntó Ethan con una copa de champán en la mano
-¿Qué quieres decir?- Rose se llevó una copa a los labios pintados cuidadosamente con carmín, pero no llegó a beber, mirando a Ethan
-Es como si los soldados que luchan por su país pero no pertenecen a un rango distinguido o un alto estamento en la sociedad no mereciese una despedida digna-
-Supongo que cada uno tendrá una familia con la que disfrutar su última noche- reflexionó Rose, alzando una ceja, pensativa -Además ¿Pretendes meterme en una misma sala con todos los hombres que vais a combatir? Apenas tendría espacio para respirar y quizá hasta alguna mano perdida acabara tocándome donde no debe por falta de espacio- se burló de él
-Eso serían graves crímenes de guerra- dijo Ethan con seriedad, dando un pequeño sorbo a la copa y mirando a Rose con intenciones ocultas.
-No sé mucho sobre la guerra ya que soy una "muchachita de ciudad" y no una dura combatiente, pero creo saber, de oídas de mi padre, que en las convenciones de Ginebra no se me contemplaría como una rehén o una persona herida- le brillaron los ojos con picaresca
-Pero atentaría contra tu dignidad personal. Y contra la mía- sonrió él, victorioso -O quizá podamos arreglar eso de ser una rehen- los claros ojos azules del hombre se clavaron en los de ella
-¿Es una proposición o una amenaza, soldado?- la chica se apegó ligeramente a él de forma instintiva. Por un instante deseó que se fueran todas las luces en la ciudad y pudiesen marcharse a casa
-Quizá te agrade la idea de que son ambas cosas juntas- Ethan la rodeó con un brazo y la atrajó hacia sí aún más para fundirse en un dulce beso con su mujer. El sabor del carmín y su textura ligeramente pegajosa ni siquiera le resultaba irritante en ese preciso momento. Era ella, con él, en la última noche antes de ir al conflicto.
-Ejem... ¿Toc, toc?- al oir la voz de Jefferson, Ethan se apartó como un resorte de los labios de Rose -Siento interrumpir. Parece ser lo único que hago esta noche- se mofó el Ministro
-No, señor. No se preocupe- dijo Ethan con aire nervioso
-Ethan ¿Qué te he dicho sobre llamarme señor hoy?- suspiró el hombre, ya con su cuarta o quinta copa de champán encima, pero sabía guardar las apariencias -En fin, mirad, este buen hombre es el general Gregor Strife-
-Encantado de conoceros- saludó el hombre, cuyo rostro era prácticamente la malicia personificada, o al menos esa era la sensación que desprendía -Es un placer conocer a la hija del Ministro de Defensa y, por supuesto, al afortunado esposo de semejante esplendor de mujer-
-Gracias, es un honor para mí, general Strife- dijo Ethan, contemplando angustiado la brillante mirada del general cuando posaba sus ojos en Rose
-El general quería conocerte, Ethan, porque está interesado en que le asistas en su destacamento. Es una gran oportunidad, si me lo permites- agregó Jefferson
-Y tanto que lo es, muchacho. Para ser Oficial, tienes un brillante historial a tus espaldas. Te ofrezco la oportunidad de, bueno, acompañarme en mi destino y trabajar juntos. Quién sabe. Quizá alcances un ascenso meteórico en poco tiempo- sonrió y aquello le hizo parecer aún más malvado. Demasiado como para que realmente fuese un mal hombre
-Cualquiera diría que está tratando de comprar mi atención con ascensos, general- ante aquel comentario peligroso, Strife reaccionó con una carcajada sonora
-Me gusta este chico. Directo y sincero. No esperaba menos de alguien capaz de hacer que el Ministro ceda la mano de su hija- esposa de, hija de... Rose pensaba, no pocas veces, si de verdad recordaban su nombre -¿Qué me dices, Ethan Hoper? ¿Estás interesado en venir conmigo a Saint Clarke? Aún puedo arreglarlo para mañana-
-Claro ¿Por qué no?- alzó la copa y el general lo hizo por igual, brindando
-Estupendo. Entonces disfruta de la noche, muchacho. Mañana tendremos tiempo de sobra para hablar. Igualmente, disfruta de la noche, bella señorita- asintió con la cabeza en señal de respeto y se dispuso a marchar con el Ministro -Sobre el proyecto...- las voces se atenuaron mientras se marchaban.

No habían sido demasiadas fiestas a las que habían podido acudir juntos, pero aquella desde luego no era la más divertida. Lo podría haber sido, eso sí, de no ser por el funesto final que le seguía. Rose y Ethan comieron canapés aquí y allí y tomaron un par de copas para tratar de entrar en ambiente, pero ambos sabían que el muro que había entre ellos en ese momento era un tanto infranqueable para dejarlo de lado y disfrutar de verdad. Apenas pasaban los minutos, las conversaciones se volvían más y más tensas, más y más frágiles, más y más tristes -Atención, por favor- una agradable voz femenina se subió a un pequeño escenario -Hoy, para conmemorar a nuestros valientes soldados, tenemos a una muy especial invitada, que nos deleitará con su voz de seda y alma de fuego. Ruego un aplauso para Sarah Belar- la mujer bajó del escenario entre cálidos aplausos distinguidos para dar paso a un foco sobre el escenario, que al encenderse, reveló un hermosísimo piano tan negro como la noche sin luna. Lentamente, una joven mujer de la edad aproximada de Rose, ataviada con un traje brillante de color plateado con una larga cola que seguía sus pasos como la estela de una estrella fugaz, tomó asiento ante el instrumento y posó sus largos dedos, blancos como la nieve, sobre las teclas
-Rose- antes de que comenzara el más mínimo sonido, Ethan la tomó de la mano. La chica miró a su esposo para encontrarse con una candente sonrisa -Ven. Baila conmigo- apenas esperó respuesta cuando la arrastró con cuidado hacia el centro de la sala, donde ya varios matrimonios o hijas con sus padres se disponían a bailar. Entonces sonaron las primeras notas del piano y su voz cantó:


...Miro a las estrellas, y al cielo de allá arriba
Y pienso ¿De qué estoy hecho?
¿Estoy lleno de pesar? ¿Estoy herido y dolorido?
¿O estoy relleno de amor?... 

-No tienes por qué hacer esto- susurró Rose, agarrada a su marido y él a ella, girando muy suavemente en un baile cercano e íntimo, arropados por la música. Los labios de ambos muy cerca del oído del otro, hablando casi en susurros -No tienes por qué fingir que te gusta bailar para hacerme feliz-
-No sé fingir, lo sabes- masculló sonriente Ethan, sintiendo con las manos cada parte de las caderas de su mujer, suaves pese a la aspereza de la tela del vestido. Podía saborearla, sentir su aroma, como si estuviesen en la cama
-Sí sabes... cuando quieres- se miraron entonces a los ojos -Voy a echarte tanto de menos, Ethan...-

...Camino solo por las calles
Y pregunto a cada niño que conozco
"¿Crees que el mañana traerá sol o lluvia?
 ¿Cual de estos se mostrará?"...

 -Yo ya te echo de menos- con aquellas palabras, Rose dejó caer con suavidad su frente sobre la barbilla del hombre
-¿Y si no vuelves...?- no pudo evitar preguntar. No hubo manera
-De tantas cosas de las que podemos hablar antes de mañana, cielo...-
-Si yo fuera quien se marchase a combatir al ejército Bellum al otro lado del oceano ¿No te harías la misma pregunta?-
-Si fueses tú quien se marcha, creo que yo ya estaría muerto debido a la angustia- rió suavemente quitando hierro al asunto
-Oh, deja de reirte, Ethan. Siempre te estás riendo. Siempre... siempre riendo... hasta cuando tu vida está en juego- la voz de Rose se quebró ligeramente
-Si me quitas el reir contigo, Rose ¿Qué me queda?- suspiró
-No ríes conmigo si yo no me río ¿Es que no lo ves? ¿No ves como tu... impasibilidad... ante todo esto no me ayuda en absoluto?- le miró a los ojos
-Soy impasible porque tengo que enfrentarme al presente, amor mío, por el futuro-
-Un futuro que puede que tenga que contemplar sin ti-

...No le puedo decir adiós al ayer, amiga mía
Aguantaré hasta el final
Pues fuera de la oscuridad no hay otro camino
que la luz que guía hacia el ayer... 

Ethan abrazó a Rose sin dejar de bailar, lentamente, con cuidado, como si fuese tan frágil como un cristal -¿Puedes prometerme que vas a regresar?- preguntó la muchacha algo abatida, luchando por mantenerse a flote ante la terrible idea que no abandonaba su mente
-¿Cómo podría prometerte algo semejante, Rose?- Ethan se sentía fatal
-Entonces no te atrevas a juzgarme si critico tu corazón de piedra-
-Nunca te juzgaría, cariño- le acarició el cabello -Jamás me atrevería a ello-
-Ojalá la maldita guerra acabase de una vez...-
-Para acabar una guerra es necesario pagar un precio- la tomó del rostro -Y por mucho que te duela, por mucho que me duela... Si sé que lucho porque nunca te ocurra nada, entonces merecerá la pena-

...¿Por qué ninguno de nosotros es capaz de ver
que las mejores cosas en la vida no requieren pagos?
El pequeño sonido de una risa, un cálido abrazo
Una sonrisa
Un beso tuyo...

El baile de la pareja se detuvo mientras a su alrededor la pequeña multitud seguía sumida en su danza, al compás de la lenta y embriagadora música. Los ojos enlagrimados de Rose en constante contacto con los enrojecidos ojos de Ethan, ambos con el corazón encogido, en silencio clamando al cielo que aquel momento no acabara nunca, que no tuviesen que dormir, que no tuviesen que marchar a coger el tren y despedirse en el andén. Que el resto de los días venideros no fueran una constante tortura por el desconocimiento del bienestar del otro, por la desolación ante la posibilida de una importante pérdida.

Ethan acarició la mejilla de Rose con suavidad, provocando que cayese una diminuta lágrima, brillante como un diamante -Está bien...- sonrió el hombre con la barbilla ligeramente temblorosa -Está bien, Rose... Si puedo luchar por el futuro, si puedo partir y alejarme de tu lado durante un tiempo indefinido... Puedo prometerte que volveré a tu lado- ante aquellas palabras la chica intentó no derrumbarse refugiándose en el pecho de su esposo, abrazándolo con fuerza, ambos muy quietos en el centro de la pista de baile. Dos objetos inamobibles en la inmensidad de un universo que no paraba de girar sobre sí mismo. Ethan le acarició el cabello mientras la estrechaba en sus brazos -Te quiero Rose...-

...Caigo sobre mis rodillas
Lloro y lloro
Amor, no me dejes de lado
Felices por siempre, por favor quédate un poco más
Haz que el tiempo se niegue a volar...